Abriendo los ojos al cambio climático

-¿Cómo que quien? –dijo, sorprendido-. Mapache va, tejón o corneja va. Si no hay corneja, ratón va. Si no hay ratón, hormiga va. En taiga hay mucha distinta gente. Me quedó claro. Dersú se preocupa no sólo por las personas, sino también por los animales, aunque fueran tan pequeños como las hormigas. Amaba la taiga, a sus moradores y se preocupaba de ellos por todos los medios. Dersú Uzalá. Vladímir Arseniev

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Este verano descubrí a lomos de un caballo sin nombre la maravillosa taiga. Me sorprendió que aún quedaran lugares en este mundo habitados por nómadas que crían renos y que viven entre bosques inhóspitos, perdidos en las montañas. Me fascinó que hubiera personas que viven en tipis a un día a caballo del pueblo más cercano -que a su vez está a dos días en coche de la ciudad más próxima-. Gente que no sabe lo que es el fútbol, ni falta que les hace, que sobreviven a -50 ºC en plena naturaleza, y que todo lo que necesitan son sus renos –para comer su carne, beber su leche, abrigarse con sus pieles y poder desplazarse- y, sobretodo, su bosque, del que sacan el musgo para sus renos, la leña con la que se calientan, la madera con la que construyen sus tipis, y donde habitan sus queridos osos.

Poblado nómada en la taiga de Mongolia. Autora: Lucía López Marco

Sin embargo, tres días después de mi visita a la taiga, cuando viajaba a la ciudad más cercana, me asusté al ver una especie de niebla amarilla en el horizonte. Al principio pensé que se trataba de la contaminación producida por las posibles fábricas que podría haber en esa ciudad, aunque me parecía muy exagerado para un municipio que roza los 60.000 habitantes. Luego me contaron que se estaba quemando Siberia, y que el smog que ensuciaba los idílicos paisajes de Mongolia, provenía de allí, de la tierra salvaje de Dersú Uzalá.

Incendios en la taiga

Este verano ha ardido, literalmente, el Ártico. Se han quemado alrededor de un millón de hectáreas en Alaska y más de 5 millones en Siberia de ecosistema boreal. Es decir, el equivalente a la superficie que conforman Aragón, Navarra y La Rioja juntas.

Este tipo bioma, el ecosistema boreal o taiga, se caracteriza por albergar principalmente bosques de coníferas y soportar condiciones climáticas de bajas temperaturas y bajas precipitaciones. Este paisaje bioclimático supone la mayor masa forestal del planeta, ocupando el 17% de la superficie terrestre

La taiga, es uno de los ecosistemas más fascinantes y menos habitados de nuestro planeta, y además de dar cobijo a los renos de los que hablaba al comienzo de este reportaje, y de haber sido el hogar del ya mencionado Dersú Uzalá, también es el lugar en el que se dice que vive Papá Noel, de hecho, sus renos, difícilmente podrían sobrevivir si las condiciones de este paisaje cambiaran drásticamente. 

Lo inusual de estos incendios

Los incendios en el Ártico no son raros, de hecho, la investigadora Nancy Fresco, coordinadora de la Scenarios Network for Alaska and Arctic Planning (Red de Escenarios para la planificación de Alaska y el Ártico), aclaraba en un artículo publicado a finales de julio en The Conversation que la taiga lleva ardiendo regularmente miles de años, y describía que “en Alaska central, en nuestros delgados abetos se abren conos resinosos para que broten nuevas ramitas si se quema el árbol principal. La adelfilla, que crece rápidamente, y otras flores cubren las cicatrices recientes del fuego. Poco después llegan los arándanos silvestres, los sauces y el abedul, y álamos que crecen de tocones y raíces que aún viven. Con el tiempo, las inflamables coníferas toman el control de nuevo. Típicamente, el ciclo se reanuda cada 200 años más o menos. Pero hoy los ciclos son alrededor de un 25% más cortos que en el pasado, y eso lo cambia todo”. Y añadía que estos incendios “están reduciendo el bosque antiguo a favor de vegetación joven, y vertiendo más carbono a la atmósfera en una época en la que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera están alcanzando nuevos récords”.

Carly Philips también explicaba en el blog de la Union of Concerned Scientists (Unión de Científicos Preocupados), organización para la que trabaja, que los bosques boreales están adaptados al fuego, lo que quiere decir que el fuego es una parte natural del ecosistema. Sin embargo, señala la estadounidense, “en los últimos años los incendios se han vuelto más frecuentes e intensos, yendo más allá del régimen histórico de incendios de estos ecosistemas. Así que ahora estamos viendo más incendios que queman un área mayor”.Los archivos del Programa Copernicus Atmosphere Monitoring Service –CAMS- (Servicio de Monitoreo de la Atmósfera de Copernicus, servicio implementado por el Centro Europeo para Pronósticos Meteorológicos de Mediano Alcance) indican que los incendios en el Círculo Polar Ártico son comunes en los meses de julio y agosto, pero no lo son en junio, mes en el que este año hubo grandes incendios en Alaska. Según el investigador del CAMS, Mark Parrington, las “temperaturas en el Ártico han aumentado a una velocidad mucho más rápida que la media global, y unas condiciones más cálidas animan a los incendios a crecer y persistir una vez han sido encendidos”.

Humo en el Ártico procedente de los incendios en Siberia. Foto: Pierre Markuse, Flickr

El origen

Desde la página web del CAMS informan de que esta actividad de incendios extremos puede ser explicada parcialmente por información proporcionada por el Copernicus Climate Change Service -C3S- (Servicio de Cambio Climático de Copernicus) que muestra altas temperaturas y condiciones secas. El C3S ha anunciado que el mes de junio de 2019 ha sido el más cálido que se tiene en los registros, siendo especialmente notable en las zonas de Siberia donde se declararon los incendios este verano y donde las temperaturas fueron por lo menos 10 grados más altas que la media del periodo que discurre entre 1981 y 2010.

Las conclusiones de la investigadora de Alaska, Nancy Fresco en The Conversation, van en la misma línea “los incendios de este verano en Alaska fueron incentivados por una intensa ola de calor al inicio de la temporada. La relación entre un clima seco y cálido y el fuego está clara. El cambio climático está causando una tendencia igual de clara hacia primaveras que comienzan antes y veranos más largos y calurosos”. 

Las consecuencias

El Profesor de Investigación del Departamento de Biogeografía y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), Fernando Valladares, escribía en The Conversation España con relación a los incendios acontecidos en el Amazonas –también este verano- que “los incendios emiten a la atmósfera el carbono almacenado durante largo tiempo en los árboles y en el suelo, favoreciendo el calentamiento global. Además, la desaparición de los árboles disminuye la capacidad de secuestrar el carbono por fotosíntesis, con lo que perdemos eficacia para mitigar este calentamiento global”.Desde el programa Copernicus de la Unión Europea, se ha informado de que el humo procedente de los incendios en Siberia se extendió por una superficie de millones de kilómetros cuadrados, mayor que el área que ocupa toda la Unión Europea. Mientras que los incendios en Alaska liberaron el doble de cantidad de dióxido de carbono que el que ese estado emite anualmente procedente de la quema de combustibles fósiles, lo que ha supuesto que 2019 sea ya el quinto año que más CO2 procedente de incendios se ha emitido a la atmósfera.

Cantidad de dióxido de carbono emitida por los incendios en Círculo Ártico. (Fuente: CAMS)

Además, desde el CAMS también señalan que los incendios en el Ártico son especialmente preocupantes ya que el material particulado  tiende a asentarse en zonas de hielo, lo cual oscurece el hielo y conlleva que la luz del sol sea absorbida en vez de reflejada, lo cual podría exacerbar el calentamiento global.

Falta de conciencia

Valladares lamentaba en The Conversation España que “el incendio en abril de la catedral parisina de Notre Dame nos tuvo a todos en vilo. Nos apenó tanto que en pocas horas se organizaron donaciones y todo tipo de acciones que revelaban el poder de las imágenes del fuego para despertar conciencias. Los fuegos en el Amazonas nos quedan lejanos, se ven poco (…). Pero lo realmente preocupante es todo lo que estos incendios amenazan. Y eso no se ve.”.

Ese humo que vi yo en Mongolia es muy diferente del humo de Notre Dame, porque el primero amenaza el futuro de la mayoría de especies del planeta y si ha alcanzado semejantes dimensiones ha sido por consecuencia, en gran parte, de las acciones humanas que están acelerando el cambio climático, y, sin embargo, es el segundo, el de Notre Dame, el que ha removido conciencias. Me pregunto qué pensaría Dersú Uzalá, que se preocupaba por todos los seres que viven en la taiga, de lo que estamos haciendo con el planeta. ¿Qué será de los nómadas de la taiga en un mundo como el nuestro, en el que actuamos sin pensar que nuestros actos tienen un impacto y, por supuesto, sin tener en cuenta a las generaciones futuras? Pero sobretodo me preocupa el qué será de nosotros, que a pesar de ser conscientes de lo que ocurre, no actuamos de verdad para buscar soluciones de mitigación y adaptación al cambio climático. Nuestros grandes bosques, la taiga y la selva amazónica, han ardido este verano, pero parece que aún no hemos abierto los ojos para verlo.