Terminábamos la primera entrada de esta serie introduciendo al pensador que seguramente puede pasar por ser el primer escéptico propiamente dicho: Gorgias de Leontini, quien parece ser que afirmaba que: 1) nada existe, 2) si algo existiera, no podríamos conocerlo, y 3) si algo existiera y pudiéramos conocerlo, no podríamos contárselo a nadie. Su posición, de todas formas, es solo ligeramente más escéptica que la de un conocido contemporáneo suyo, el ateniense Sócrates (aprox. 470-399 aC), el maestro de Platón (y de muchos otros), y cuya principal tesis conocida es el famosísimo “solo sé que no sé nada”.

En realidad, es muy poco lo que sabemos a ciencia cierta sobre el pensamiento del buen Sócrates, porque, por una parte, él mismo parece que no escribió nada, y por otra parte los muchos discípulos que contaron cosas sobre él le atribuyeron ideas bastante diferentes. Lo que parece claro es que Sócrates practicaba una forma de razonamiento (o diálogo) que llevaba a los otros a cometer flagrantes contradicciones, mostrando así que los principios en los que decían basar sus opiniones tenían bastante poco valor. Los dos principales pasos en esta estrategia consistían, primero, en forzar a la otra persona a ofrecer una definición de algún concepto importante que estuviese usando, y en segundo lugar, en intentar hallar contraejemplos de esa definición. Es probable que Sócrates se refiriese a este modo de argumentar (después llamado “método socrático”) como “examen” (en griego, skepsis), pero sus seguidores más importantes (Platón, y unos años después Aristóles, así como varios más) parecieron tener suficiente confianza en la mente humana como para poder encontrar algo así como un fundamento sólido al conocimiento racional (episteme, o, como se diría luego en latín, scientia), tanto en el terreno teórico como en el práctico.

Al ser los primeros filósofos de los que nos han llegado numerosos escritos íntegros, la historia de la filosofía que se deriva de las obras de Platón y Aristóteles ha proporcionado una imagen de Sócrates como alguien que acertó a plantear las preguntas correctas y a criticar las respuestas incorrectas, pero que no dio con la forma de empujar a la razón hasta dar con las respuestas apropiadas (un poco al estilo de Moisés, muriendo justo antes de que su pueblo entrase en la Tierra Prometida). Habría tenido gracia ver cómo el propio Sócrates hubiese reaccionado de haber llegado a conocer los escritos de estos filósofos clásicos. Apostaría a que les habría aplicado su “examen”, haciéndoles contradecirse una y otra vez, igual que a aquellos contemporáneos suyos que, cansados de tanta contradicción, lograron librarse de él condenándole a beber una copa de cicuta.

Pero el hecho es que hubo varios filósofos que desempeñaron justo ese papel que acabo de imaginar para Sócrates, en particular varios discípulos suyos, discípulos de sus discípulos, etc. etc. Algunos lo hicieron desde la mismísima cátedra de Platón, es decir, desde la Academia fundada por él, en concreto sus líderes Arcesilao y Carnéades (siglo III aC), quienes al parecer se volvieron radicalmente escépticos. La más famosa escuela filosófica defensora del escepticismo en la Antigüedad fue fundada, en cualquier caso, unas cuantas décadas antes por Pirrón de Elide (una ciudad al noroeste del Peloponeso, cerca de Olimpia), quien vivió aproximadamente entre los años 360 y 270 aC (por la edad, podría haber sido un hermano menor de Aristóteles, pero le sobrevivió cinco décadas). El maestro de Pirrón había sido Euclides de Megara (no confundir con el de Alejandría, el famoso matemático), que a su vez había sido uno de los discípulos de Sócrates, y en cuya escuela parece que estuvo el origen de lo que hoy se conoce como lógica proposicional, además de cultivar el gusto por las paradojas al estilo de Zenón y los sofistas.

Siguiendo el ejemplo de Sócrates, ni Arcesilao, ni Carnéades, ni Pirrón dejaron obra escrita alguna. Parece que consideraban la filosofía más bien como una actividad vital, y la enseñanza como una comunicación personal entre maestros y discípulos, que no tenía mucho sentido plasmar con tinta en los papiros. Eso hace que sea muy difícil reconstruir sus ideas. Por suerte, algo que puede ser muy parecido al pensamiento de Pirrón (y elaborado por sus sucesores en la escuela escéptica) se escribió nada más y nada menos que cuatro siglos después de su muerte, por un autor bastante oscuro conocido como Sexto Empírico (aprox. 160-210 dC). Ese libro, titulado Esbozos pirrónicos, es nuestra principal fuente de conocimiento del escepticismo antiguo.

Hablaré en un momento de ese libro, pero antes debo confesar que, para mí, la gran tragedia de la historia del escepticismo es que no se nos haya conservado ni una sola línea de un discípulo directo de Pirrón, llamado Timón de Fliunte, quien sí que escribió una muy abundante obra en muy variados géneros, aunque las más populares fueron sus “Sátiras”, la mayoría de las cuales eran supuestos diálogos inventados entre él mismo y un filósofo mucho más antiguo, Jenófanes, que parece que también había compuesto sátiras. Estas obras contenían una crítica burlesca de la mayor parte de las teorías filosóficas de la época, seguramente basadas en argumentos de Pirrón. Otra obra de Timón que conocemos por fuentes secundarias se titulaba “Apariencias”, y parece que era un resumen de las ideas de su maestro.

Lo que parece seguro es que los argumentos escépticos de Pirrón estaban basados en la confrontación de razones a favor y en contra de cada tesis, y en la idea de que la actitud más racional cuando hay buenas razones tanto a favor como en contra de algo es la suspensión del juicio (epojé), y que esta era a su vez el mejor camino hacia el mayor de todos los bienes: la ataraxía o imperturbabilidad. Esto último puede resultar muy extraño para nosotros, hijos del cristianismo y de la ilustración, pues, ¿no es al fin y al cabo la incertidumbre lo que más debemos temer? ¿No es el conocimiento lo que puede salvarnos, o al menos hacer nuestra vida más confortable? El escepticismo antiguo parece haber funcionado desde un paradigma totalmente distinto: es tan poco lo que podemos saber con certeza, nos dirían, que tener opiniones demasiado rotundas sobre casi cualquier tema puede causarnos más daño que beneficio, así que es mejor no tener opiniones rotundas sobre casi nada (o, en la mayoría de las versiones del escepticismo, sobre casi nada que no sea directamente observable por los sentidos).

Es interesante comparar esta estretegia de búsqueda de la felicidad con la de otras escuelas de la filosofía antigua, como los estoicos, platónicos, epicúreos o cínicos: en cierto sentido, todas ellas perseguían el mismo fin (la ataraxía), mediante distintas combinaciones de conocimiento y de limitación de los deseos, aunque no estaban de acuerdo en qué cosas se podían (y merecía la pena) conocer, ni en qué deseos había que limitar y cuánto. Los escépticos, en cambio, propusieron algo así como un cortocircuito: es el reconocer que no podemos saber básicamente nada lo que nos conduce directamente a la imperturbabilidad.

Volviendo a nuestro amigo Sexto, su libro es una recopilación de los “tipos” de argumentos (o “tropos“, literalmente “caminos” o “vías” -de argumentación-) que habían sido expuestos por escépticos anteriores, sobre los que destaca Enesidemo de Cnosos, que trabajó en Alejandría en el siglo I aC. La lista de argumentos más famosa es la conocida como “los diez tropos”, que menciona las diez dificultades más importantes que se pueden tener al intentar establecer la verdad de cualquier tesis. Algunas de estas son: diferentes animales perciben las cosas de modo diferente, así que el modo humano de percibirlas no sea el más adecuado; también diferentes individuos perciben de modo distinto, o el mismo individuo en circunstancias distintas, o mediante sentidos diferentes. Otro argumento se refiere a las diferencias de juicios morales en culturas distintas, de modo que los escépticos pueden verse como los precursores del “relativismo cultural”.

Otro conjunto de argumentos es el conocido como “los cinco tropos de Agripa” (del que poco más sabemos), y que son un tanto más abstractos:
-Desacuerdo: toda tesis tiene argumentos a favor y en contra.
-Regreso al infinito: cada justificación que damos de una tesis requiere a su vez otra justificación.
-Relatividad: la misma cosa parece diferente desde diversos puntos de vista (esto es un resumen de los tropos de Enesidemo).
-Hipótesis: muchas tesis son mantenidas por la gente sin ninguna justificación en absoluto, de modo que son meras conjeturas.
-Circularidad: muchas tesis se justifican con otra que a su vez se justifica con la primera.

Independientemente de que seamos escépticos o no, hemos de reconocer que los cinco tropos de Agripa han constituido una parte fundamental de lo que ahora entendemos por una “actitud racional”. La historia del escepticismo griego, a pesar de su relativa oscuridad y marginalidad, vive en nuestro pensamiento de modo mucho más intenso y profundo de lo que podríamos pensar.

Entrada publicada originalmente en el blog del autor, Escritos sobre gustos.

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