El escepticismo: una breve e incierta historia (Los orígenes)

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Parménides | BjörnF
Parménides | BjörnF

Nosotros, los filósofos, tendemos a ser algo más escépticos que el ciudadano medio (aunque quien sepa un poco sobre las teorías de algunos filósofos, entenderé que se tome con cierto escepticismo lo que acabo de decir). En esta serie de entradas os guiaré, de todas formas, por una breve visita a algunos de los personajes más encantadores de la historia de la filosofía: los auténticos escépticos. No presentaré las teorías de todos ellos, sino que sólo mostraré unos cuantos vistazos a lo que me parece lo más importante de esa historia, y en las últimas entradas, lo que tiene más relación con la filosofía de la ciencia.

Sería injusto afirmar que el escepticismo nació junto con la propia filosofía. Lo que llamamos “filosofía” nació como el empeño de un grupo de antiguos friquis griegos (Tales de Mileto y Cía., hacia los años 600-500 A.C.) por entender el mundo mediante lo que llamaban lógos, una palabra que se traduce normalmente como “razón”, pero que era el término más habitualmente utilizado para referirse a lo que llamamos “lenguaje”, o de manera más ordinaria, “hablar”, “charlar”, como, por ejemplo en la palabra dialógos (“conversación”; el frefijo dia- significa “a través” -como en “diámetro”-, y no “dos”, como mucha gente piensa por una mala analogía con la palabra “monólogo”). Dicho de otra manera, Tales y sus discípulos probaron a ver si podían entender el mundo con sus propios medios humanos, sin la ayuda de referencias a dioses o a héroes.

Estos filósofos, conocidos posteriormente como “presocráticos”, discutían sobre todo la cuestión de cuál era “el principio (arkhé) de todas las cosas”. Algunos lo identificaron con el agua, otros con el aire o el fuego, otros con “lo indeterminado” (pues podría convertirse en cualquier cosa), pero unas cuantas décadas más tarde, Parménides de Elea (una pequeña colonia griega en el sur de Italia, cercana a los famosos templos de Paestum), intentó liquidar la cuestión afirmando que la cosa o principio que absolutamente todos los seres tienen en común es… ejem… ser. Lo que no coincide con ese principio (o sea, con el ser) es… ejem… no ser (nosotros diríamos tal vez “nada”). De ese modo, el ser no puede “mezclarse” con nada más porque … ejem… todo lo que no es ser es no ser, o sea, nada. Así pues, el ser es la única cosa que “es” (nosotros diríamos “que existe”). Por supuesto, nos parece que hay muchas cosas diferentes, cosas que ahora son así y más tarde son asá, pero lo que el lógos nos dice, según Parménides, es que eso es sencillamente falso: lo único que hay es el ser, eternamente igual a sí mismo. No hay pluralidad, no hay pluralidad, no hay cambio. Sólo hay ser.

Tal vez, si la filosofía hubiese comenzado en un país diferente de Grecia, esto habría sido su final, con la teoría de Parménides (o más bien, su poema, pues lo escribió en hexámetros homéricos) transformada en una especie de culto místico en el que se recitaran sus versos hasta el fin de los tiempos. Pero la droga del dialógos era ya imposible de erradicar del corazón de los griegos (bueno, imposible del todo, no: más de mil años después, el emperador Justiniano decretó que ya estaba bien de filosofía y cerró todas las escuelas que la enseñaban en el imperio bizantino, mandando al exilio a aquellos de sus miembros que no quisieron convertirse al cristianismo), así que los filósofos continuaron discutiendo y discutiendo la ontología de Parménides con argumentos cada vez más elaborados. Algunos de estos argumentos son las maravillosas “paradojas” de uno de los discípulos de Parménides, Zenón de Elea, quien estaba determinado a mostrar que su maestro tenía razón. Seguramente os sonará, p.ej., el argumento de “Aquiles y la tortuga” (Aquiles no puede adelantar a una tortuga en una carrera si la tortuga sale con ventaja, pues cada vez que Aquiles llegue a un punto por el que ya ha pasado la tortuga, esta se encontrará en algún punto más adelante, y cuando Aquiles llegue a ese punto, la tortuga habrá avanzado un poco más, etc., etc., etc.).

Acrolito Ludovisi | Marmo greco insulare - Roma, Museo Nazionale Romano
Acrolito Ludovisi | Marmo greco insulare – Roma, Museo Nazionale Romano

Otra de las paradojas de Zenón son menos conocidas: por ejemplo, argüía que una flecha que va volando por el aire no se está moviendo en realidad, porque en cada instante de su trayectoria, la flecha está exactamente en su lugar (o sea, en el espacio que dista desde el punto donde está la cola de la flecha al punto donde está su punta), y “estar exactamente en un lugar” es la definición de “estar en reposo”. El movimiento sería, pues, algo así como la combinación de un número infinito d estados de reposo, pero si cada uno de esos estados es realmente de reposo, la suma de todos sólo puede ser reposo. Así que el movimiento no existe.

Otra paradoja no se refiere al movimiento: si un grano de mijo (o, con un ejemplo más familiar para nosotros, un copo de algodón) cae al suelo, no hace ningún ruido; pero el ruido que hace al caer una fanega de mijo (o un fardo de algodón) no es más que la combinación de los sonidos que hacen cada uno de los granos (o copos) que contiene; ahora bien, si cada grano no hace ningún ruido, la combinación de miles de ellos tampoco hará ningún ruido. Así que el sonido tampoco existe.

Ruego al lector que borre la sonrisa que se está dibujando en su rostro, pues las paradojas de Zenón volvieron locos a generaciones y generaciones de matemáticos y científicos, hasta que en el siglo XIX el análisis lógico del cálculo infinitesimal (el más exitoso intento hasta entonces de ignorar -que no de resolver- los problemas planteados por Zenón) eliminó todas las contradicciones que lo desfiguraban, y hasta que un estudio científico de la neurofisiología de la percepción se llevó a cabo varias décadas incluso más tarde. Sí, habéis leído bien: la obra monumental de Newton y Leibniz que empezasteis a estudiar en la secundaria estaba simplemente basada en contradicciones, y todos los matemáticos de 1670 a 1870 (cuando Dedekind ofreció su solución) lo sabían perfectamente, a pesar del tremendo éxito del cálculo en su aplicación y más y más problemas cada vez más difíciles. Esto significa que todos aquellos matemáticos no podían pretender poseer un conocimiento del cálculo infinitesimal que estuviera “basado en principios puramente lógicos o intuiciones auto-evidentes” (como se afirma habitualmente en otras áreas de la matemática): lo que hacían era simplemente aceptarlo como válido porque ayudaba de manera maravillosa a resolver un montón de problemas y a hacer un montón de buenas predicciones. O sea, aceptaban la validez del cálculo infinitesimal por razones empíricas. Hacia la mitad del XIX, por tanto, una parte esencial de las matemáticas eran ciencia empírica… y muchos sospechan que todavía lo es. Pero esto nos está llevando demasiado lejos de nuestra historia de los escépticos.

A decir verdad, no podemos considerar que Parménides o Zenón sean auténticos “escépticos”, pues, después de todo, aceptaban la existencia de algo (el ser), si bien dudaban de la verdad de la mayor parte, si es que no todo, nuestro conocimiento común. Para encontrarnos con el que podemos llamar el primer escéptico como dios manda tenemos que avanzar unas cuantas décadas, hasta darnos con otro italiano (más concretamente, siciliano): Gorgias de Leontini, uno de los fundadores del movimiento después llamado “de los sofistas”.

En realidad, sabemos casi tan poco de Gorgias como de sus predecesores, y es una pena sobre todo que no nos hallan llegado más que muy sucinta e indirectamente sus tesis y los argumentos con que las apoyaba. Lo que conocemos, más bien, son los intentos de algunos autores, muchas décadas o varios siglos después, por entender lo que Gorgias quería decir con aquellas extrañas tesis, que parece ser que eran las siguientes:

1. Nada existe (o más exactamente, “el ser no es”, o sea, justo lo contrario de lo que afirmaba Parménides).

2. Si algo existiera, no podríamos saberlo.

3. Si algo existiera y pudiéramos saberlo, no podríamos decirlo, o sea, no podríamos comunicárselo a otras personas.

Estas afirmaciones son, sin duda alguna, llamativas. Respecto a la primera, el argumento de Gorgias parece haber sido que la existencia del ser, tal como la proponían Parménides y Zenón, llevaba a tantas contradicciones que la propia noción de “ser” no podía sino ser auto-contradictoria, y nada puede corresponder a una noción así. Respecto a las otras dos tesis, el argumento probablmeente era que el pensamiento es algo distinto del ser, y que igualmente las palabras son distintas del pensamiento: las cosas no existen en tu cabeza (Gorgias diría tal vez “en el noûs“, o sea, en la inteligencia) porque pienses en ella o porque sepas que existen, y lo mismo pasa con el lenguaje: lo que transmites al hablar son sonidos, no pensamientos (ni, por supuesto, la propia realidad de las cosas sobre las cuales hablas). En resumen, el ser, el pensamiento y el habla son cosas completamente heterogéneas, de modo que no hay comunicación posible entre ellas.

No sabemos (“por supuesto que no”, diría Gorgias) si nuestro simpático sofista estaba tomándose estos argumentos (o cualesquiera que fuesen los que diera él) en serio, o sólo como un chiste. Al fin y al cabo, los sofistas eran famosos por presumir de poder convencer a cualquiera de dos tesis contrarias entre sí. Así que quizá lo único que pretendía era burlarse un poco de los parmenídeos. O quizá no.

 

Referencias

Barnes, J., 1982. The Presocratic Philosophers. 2nd edn. London: Routledge & Kegan Paul.

De Romilly, J., 1992, The Great Sophists in Periclean Athens, Oxford.

Faris, J. A., 1996, The Paradoxes of Zeno, Aldershot: Avebury.

Entrada publicada originalmente en el blog del autor, Escritos sobre gustos.

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